Las situaciones que se están viviendo en el norte de África reflejan el poder que tiene un pueblo unido bajo una misma causa. Egipcios y tunecinos demuestran con sus manifestaciones que la soberanía recae en el pueblo. Los gobiernos de sus países se habían asentado en el poder, asumiéndolo como propio. Las decisiones eran a gusto del hombre al mando, sin importar lo que influirían esas decisiones en el pueblo.

Si algo es destacable de las revueltas populares en estos territorios es que no están bajo el mando de ninguna religión, ni ninguna ideología. Simplemente muestran su descontento con la difícil situación que están viviendo, más debilitada si cabe por la crisis económica mundial. El pueblo eligió a estos gobernantes de manera democrática con una serie de ilusiones de desarrollo y mejoras de la calidad de vida en sus países.

Pero el poder corrompe cuando no hay sucesión en el cargo de los altos mandos. Mubarak o Ben Ali llevan tantos años al mando que lo consideran de su propiedad. Suponían que el pueblo no podía hacer nada contra ellos, pero se equivocaban. Todo comenzó cuando un joven tunecino se inmoló para mostrar su descontento con el gobierno. La actitud de Ben Ali visitando a la familia del joven fue la gota que colmó el vaso tunecino.

Las revueltas populares en Túnez representaban a un pueblo unido por una misma causa, dejando de lado las banderas islámicas. Esto provocó la huida del presidente del país y que cundiera el ejemplo en el resto de países de la zona. Los tunecinos clamando contra el poder corrupto han pedido libertad. Su presidente ya está fuera. En Egipto, Mubarak se resiste a marcharse, pero sabe que la voz del pueblo siempre se escucha y su futuro está escrito.

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