Llegaba Fernando Torres a Stamford Bridge como el salvador del Chelsea, la enésima bandera del proyecto Abramovich y coronado como uno de los mejores, si no el mejor, delantero del mundo. El conjunto londinense había hecho la inversión más grande de la historia de la Premier League: 58 millones de euros por el ariete de Fuenlabrada. Siendo el fichaje más caro del magnate ruso era de esperar que los goles y resultados llegaran al instante.

Pero no llegan los goles. Tras 11 partidos con los “blues”, Fernando no ha conseguido ver puerta y la prensa inglesa ya empieza a impacientarse. De ser el mejor delantero del mundo a ser el peor fichaje de la historia. No creo que 11 partidos con un equipo nuevo y su respectivo sistema sean suficientes como para determinar eso. Una campaña de descrédito como esta solo puede ser hecha por los típicos periodistas que se dejan llevar por el oportunismo. Está de moda criticar esto, lo hago. Cuando las tornas se vuelvan y toque admirarlo, diré que siempre lo he apoyado y qué es el mejor. Lamentablemente, este pensamiento es habitual entre los, cada vez más abundantes, veletas del periodismo.

La inversión realizada por el delantero español hace que sea el blanco más fácil contra el que dirigir las críticas del Chelsea. No se habla del mal juego del equipo, del mal estado de forma de Lampard, Terry o Drogba o de las penosas decisiones de Carlo Ancelotti. Es más sencillo buscar la causa en el último en llegar cuándo el problema venía existiendo desde antes de su llegada. El sistema de juego de un equipo se basa en los jugadores de los que se disponga. Jugar con dos delanteros tan parecidos como Torres y Drogba provoca que se estorben el uno al otro más de la cuenta. Ancelotti no ha sabido acoplar un sistema acorde a sus jugadores, que tampoco han respondido a las expectativas.

Esto no quiere decir que Torres no tenga culpa de nada. Fernando se ha visto lastrado en las dos últimas temporadas por las lesiones, que le han impedido tener continuidad. Además, el cambio de dueño en el banquillo del Liverpool no hizo más que desconcertar al jugador con los cambios en la manera de jugar. Ahora mismo, Fernando está excesivamente cargado de responsabilidad, tanto mediática como propia. Él se exige más que nadie y es el primero en querer que esta mala racha pase. El estrés y las lesiones provocan una apatía que influye negativamente en su juego. Controles de balón imprecisos, pases incompletos, malos golpeos a la hora de rematar a puerta son signos de que Fernando lo intenta, pero no le sale.

Los delanteros son jugadores de rachas. Todos pasan por un momento como el del 9 de la selección en su carrera deportiva. Jugadores como Eto’o, Forlán o Ibrahimovic sufrieron antes la ansiedad de ver la puerta como una portería de futbolín. Disparos intencionados que se marchan al limbo, goles cantados que los porteros evitan guiados por la mala suerte del delantero. Hasta que un día, el menos esperado, la pelota entra y hace que la portería parezca un angar ante los ojos del punta. En el momento en que Torres marque un gol, callará muchas bocas, que hipócritamente negarán que alguna vez dejarán de confíar en él. Siempre ha marcado allá por dónde ha ido y lo seguirá haciendo. Si las lesiones le respetan, volverá a ser el mismo de antes, que llenaba de júbilo estadios y enmudecía rivales solo por su presencia.

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