El Atlético de Madrid es ese club en el que todo puede pasar. La afición, anestesiada ante tanta decepción, cree que los desaires del destino van unidos a una leyenda negra. “Somos el Pupas”, frase que acuñó Vicente Calderón tras el empate en la final de la Copa de Europa de 1974 contra el Bayern Munich y que pesa en la memoria de todos los colchoneros. Aquel día, un gol de Schwarzenbeck en el último minuto privó al conjunto colchonero de alzarse con el cetro continental. Desde ese momento, la gente creyó en la leyenda y a cada mal momento, se agarran a ella para justificar la catástrofe. La llegada de la familia Gil al club hizo del Atlético la casa de los líos por excelencia. Situaciones disparatadas para una afición anestesiada ante los golpes. La leyenda se iba hinchando cada vez más, hasta consumarse con el descenso a los infiernos de la Segunda División. Dos años en el Purgatorio y el equipo volvía a su división pero no a su sitio. Con Fernando Torres, ídolo eterno de la afición, tirando del bloque la afición volvía a soñar con tiempos de vino y rosas. Pero año tras año, no se conseguía devolver al equipo a Europa, a su sitio. Harto de luchar solo contra viento y marea, el hijo pródigo voló a tierras inglesas buscando el reconocimiento y los títulos que en ‘su Atleti’ se le resistían. Desolada y hundida por la marcha de su niño, la afición buscó un nuevo referente y se abrazó a un joven y menudo argentino, con mote de dibujo animado.

¿Les suena la historia? Existe un dicho que asegura que el tiempo cumple unos ciclos y a cada cierto tiempo, la historia se repite. Al igual que Torres, Agüero se ha cansado de esperar la gloria que el Atlético le prometía y no le daba. El argentino consiguió dos títulos, algo con lo que Fernando soñó y ni se acercó a ello. Esos dos logros le convencieron para creer en el proyecto. Tenía a su lado a Forlán, Simao, Reyes, De Gea o Jurado y el equipo se había reforzado bien, la plantilla prometía. Entonces se vende a Jurado el último día del mercado. La directiva lanza un mensaje: ‘no nos importa vender a los buenos’. Los equipos pueden y deben vender piezas para mejorar, pero siempre que se traigan unos recambios dignos. Algo que el Atlético, con García Pitarch parecía haber olvidado. Más tarde se ‘regala’ a Simao en invierno, se crucifica a Forlán públicamente y se apalabra prácticamente la marcha de De Gea. ¿Cómo no se va a ir Kun?

El problema no es que Agüero se vaya, sino el porqué se va. Un equipo que da pasos hacia atrás, hipotecando gloria por un futuro incierto. No debemos cargar contra Kun por querer irse, si no debemos mirar a los directivos que provocaron la salida de Kun y de Torres con su ineficacia crónica. Gil Marín y Cerezo están más preocupados de molestarse entre ellos que de trabajar juntos por el bien común. Como en las relaciones de pareja, algo no funciona entre ellos y el final solo puede ser el divorcio, quién sabe si con separación de bienes. Un año después de ser campeones de la Europa League y de la Supercopa de Europa, el Atlético desarma el proyecto para empezar otro de cero. Solo un equipo del mundo es capaz de destrozar tan rápido un equipo campeón.

La marcha de Kun no tiene vuelta atrás. Él quiere irse, le da igual dónde, aunque prefiere quedarse en España. O lo que es lo mismo, Madrid o Barça. En sus declaraciones no se decanta por ninguno, por lo qué asegurar su marcha a uno u otro me parece demasiado aventurado. Eso sí, creo que le gustaría jugar al lado de Messi más que al lado de Cristiano. Si finalmente, el argentino se viste de blanco, la afición que tanto le ha amado, se sentirá decepcionada y pasará del amor incondicional al odio visceral. Una traición semejante debería hacer que la afición se levantara contra la directiva y pidiera explicaciones por la rebaja de la cláusula, la falta de comunicación externa del club y por el desmonte de un equipo campeón. Pero no, las heridas ya no sangran en los atléticos, anestesiados ante tanta desgracia. Volverán a renovar abonos, tras la venta de humo, su mejor labor, de dos dirigentes con la cartera llena de billetes y vacía de recursos. Como cuándo se vendió a Torres, la afición olvidará las penas abrazando un nuevo ídolo. Pero, al contrario que antaño, ahora no hay un Kun al que agarrarse. Nos queda un verano muy largo, lleno de humo y fantasmas, con tanto dilema escondido en el camino que tendremos que encarar. Sin leyenda negra ni nada.