aprichoso destino, culpable de historias de leyenda y de dolientes tragedias. Un simple error, un gesto o una decisión distinta pueden desviar el camino de alguien, que sea una escalera hacia el cielo o una carretera hasta el infierno solo depende del azar.

La fatalidad convirtió el 6 de febrero de 1958 en uno de los días más negros de la historia del deporte. El Manchester United, tras eliminar al Estrella Roja de Belgrado de la Copa de Europa, hizo escala en Múnich antes de emprender el viaje final a casa. Como si estuviera escrito que la noche iba a ser trágica, una tempestad de viento y nieve arreciaba sobre el aeropuerto de Munich Riem. El capitán James Thain intentó despegar sin éxito en dos ocasiones para, en un tercer y fatídico intento, precipitar el avión en una casa cercana al aeródromo. A las 15:04 de la tarde, el vuelo 609 de la British European Airways firmaba con lágrimas negras una página para olvidar en los libros de historia.

El accidente dejó 24 muertos, siete de ellos jugadores de la plantilla, lo que supuso un duro golpe en los llamados ‘Busby Babes’. Esta generación de jugadores, comandados por Duncan Edwards y Bobby Charlton, estaba destinada a pelearle la hegemonía europea al Real Madrid y debía su nombre a Matt Busby, técnico de los diablos rojos y superviviente del accidente de Múnich. Los heridos fueron trasladados al hospital más cercano mientras la noticia del fatídico suceso llegaba a Inglaterra.  El dolor y la conmoción enmudecieron a un pueblo entero, unido bajo el rezo de sus oraciones olvidando colores y banderas. Con la llegada de nuevas informaciones, el dolor se hacía más plausible. Duncan Edwards, el príncipe del fútbol inglés, elegido para llevar a Inglaterra a lo más alto, se debatía delirante entre la vida y la muerte.

El joven Edwards nació en Dudley (Inglaterra) el 1 de octubre de 1936 y pronto tuvo que aprender la dureza de la vida. Mientras aún coleaban las consecuencias de la guerra en una Inglaterra desolada, el pequeño Duncan se enfrentó a un hecho que cambió su vida: el fallecimiento de su hermana Carole Anne de tan sólo 14 semanas de edad. La tragedia unió más si cabe a la familia. Edwards se refugió en el balón, encontrando en él un compañero fiel para olvidar las penurias.

Pronto se le vieron maneras, destacando entre chicos mayores que él. Con 15 años, se cruzó en su camino un hombre que cambiaría su vida, Bert Whalley, entrenador del United que le ofreció firmar por el equipo de Manchester. Tras dos años en las categorías inferiores, Duncan debutó en la banda izquierda contra el Cardiff City en 1953. Su calidad le hizo indispensable en los esquemas de Busby, convirtiéndose en el presente y futuro del proyecto de los diablos rojos. Con tan sólo 18 años, la selección inglesa se convirtió en su próxima parada. La mayor promesa de Inglaterra, el encargado de devolver a los creadores del juego su corona, se enfundó el uniforme de los pross contra Escocia.

Su gran partido, el que le encumbró a lo más alto, fue contra Alemania, reciente campeona del mundo, en 1956. La selección inglesa venció por 1-3 con una facilidad asombrosa tratándose del mejor equipo del momento. La actuación de Edwards hizo que la prensa alemana le catalogara como Boom bomm, por la rotundidad de sus acciones. Las esperanzas de la afición inglesa no hacían más que crecer de cara al mundial de Suecia 1958. Allí, los pross deberían recuperar el poder de un juego del que se sienten dueños pero no los mejores.

Todo se truncó el 6 de febrero en el aeródromo muniqués. En el hospital, Duncan jugaba el partido más complicado de su vida, el de la esperanza del fútbol inglés y el de millones de compatriotas que con sus plegarías imploraban un milagro. Dos semanas de lucha infatigable, tras un trasplante de riñón que su cuerpo rechazó, que aunaban momentos de lucidez y delirio. Una lucha que Edwards no pudo ganar y su llama se apagó dejando a Inglaterra en una oscuridad absoluta.

“Quizás haya sido mejor así. Los médicos me habían dicho que ya no podría jugar más si hubiera sobrevivido, y él no habría soportado eso” expresaba un amigo de la familia. Duncan vivía por y para el fútbol, esa válvula de escape que le salvó tras la muerte de su hermana. Podría jugar cada día del año si hubiera partidos suficientes, era su vida.

La noticia enmudeció a un país entero. Al funeral en su Dudley natal asistieron más de 5.000 personas. El partido después de conocerse la noticia en Old Trafford guarda uno de los momentos más impresionante de la historia del fútbol. Jamás un minuto de silencio impactó tanto, miles de almas calladas en un mudo llanto en recuerdo de los ídolos perdidos.

La perdida de Duncan Edwards fue un duro golpe para el Manchester United y para la selección inglesa, aunque a su vez sirvió como motivo de lucha, de vencer en nombre de los caídos. Años más tarde, Inglaterra se coronaría campeona del mundo en Wembley, en su casa, recuperando un trono en honor del príncipe caído.

El Manchester United se recompondría de la tragedia y en 1968, una década después, se elevaría a lo más alto conquistando la Copa de Europa, también en Wembley, con el recuerdo de los compañeros fallecidos en Múnich. Allí, Bobby Charlton alzó al cielo un trofeo dedicado para aquellos que también soñaron con ese momento. Mientras, en Dudley,  los padres de Edwards celebraban con lágrimas en los ojos un título que sentían muy suyo.

“He jugado con grandes jugadores pero con ninguno me he sentido tan inferior como con Duncan Edwards”

Sir Bobby Charlton