Sí existe en el baloncesto estadounidense una franquicia perdedora por antonomasia esa es la de Los Angeles Clippers. Desde que se mudaron de San Diego siempre han estado a la sombra de los exitosos y glamourosos Lakers, aunque bien es cierto que nunca fueron un equipo al que acompañara ni la suerte ni la fama. Desde su creación en Buffalo bajo el nombre de Braves hasta sus tiempos de hoy en Los Angeles, previo paso por San Diego, los Clippers siempre se vieron abocados a a navegar entre infortunios y decepciones.

En sus primeros años de vida, los Braves sufrieron el problema típico de los equipos recién creados: pocas victorias en una plantilla hecha con retales de otros equipos hasta que aparece en el draft una joya sobre la que crear un proyecto. Esa joya llegó en el draft de 1972 con la elección de Bob McAdoo, que rápidamente se convirtió en el líder del equipo y en unos de los mejores jugadores de la liga. Con él, los Braves entraron por primera vez en playoffs, aunque serían eliminados en primera ronda por los Celtics. Un panorama que se convirtió en habitual en las siguientes campañas. Los números de McAdoo, que llegó a ser MVP en la temporada 1974-75, crecían pero el equipo no evolucionaba con él. A mediados de la temporada 1976-77 los Braves traspasaban a su estrella a los New York Knicks, dejando un hueco en su ‘roster’ difícil de llenar. Un par de años más tarde, la escasez de público en las gradas y el poco nivel del equipo llevaron a los Braves a mudarse a San Diego.

En California, los Braves cambiaron su nombre a Clippers, por un tipo de barco muy famoso en San Diego, aunque mantuvieron su idilio con la mala suerte. Los resultados seguían sin llegar y seis años más tarde, Donald Sterling, nuevo dueño de la franquicia, decidió trasladar el equipo a su ciudad natal: Los Angeles.

La ciudad de las estrellas y de la fama es también la ciudad de los Lakers, por lo que los Clippers estaban destinados a vivir a la sombra de los de oro y púrpura.  Año tras año, decepción tras decepción, cada vez era más complicado ser fan del hermano pobre. Soñar con los playoffs era una utopía, sólo quedaba esperar que llegara otra joya en el draft.

Como hizo Bob McAdoo años antes, una joven promesa llegó para hacer crecer un proyecto sobre sus hombros. Danny Manning, vigente campeón de la NCAA con la Universidad de Kansas, era el elegido. A él se unieron Charles Smith o Ron Harper, pero todo siguió igual en LA y la diosa fortuna les volvió a dar la espalda. Las lesiones lastraron el rendimiento de sus estrellas y era prácticamente imposible verles a todos al cien por cien en la cancha. La maldición continuaba.

Cuando todo parecía ir bien, Donald Sterling decidió cambiar las piezas, traspasando a Manning, en su mejor momento, a cambio de un decadente Dominique Wilkins, que terminaba contrato. La razón principal del traspaso fue que el dueño de los Clippers se negó a darle al alero el contrato que esperaba y decidió venderlo antes para sacar algo de provecho. Un motivo muy habitual en los años siguientes.

Decepciones como Darius Miles, Michael Olowokandi o Shaun Livingston mantuvieron viva la maldición de fracasar en las elecciones del draft. Grandes promesas como Andre Miller, Lamar Odom o Quentin Richardson dejaron el equipo buscando un futuro y, sobre todo, un contrato mejor. Son sólo algunos de los ejemplos de la pésima gestión de los californianos, que en la 2005-2006 soñaron con vino y rosas. Con Elton Brand liderando al equipo junto a Corey Maggette o Cuttino Mobley entre otros, los angelinos se metieron por primera vez en segunda ronda de playoffs, algo que no ocurría desde 1976. Un sueño de una temporada del que despertaron cuando los Suns de Steve Nash les eliminaron en playoffs.

Desde esa temporada, los Clippers han vivido en el ostracismo y a la sombra, otra vez, del brillo que emiten las victorias lakers. Hasta que algo cambió y la fortuna sonrió por primera vez al pobre. La NBA vetaba el traspaso de Chris Paul a los Lakers y aceptaba días después la llegada del base a los Clippers, donde se encontraría con el joven y prometedor ala pívot Blake Griffin. Los aficionados soñaban con el juego que ambos podrían desempeñar y los resultados no tardaron en llegar y los angelinos llegaron a semifinales. La decepción de la derrota no turbó la ilusión por la siguiente temporada.

Y este año, los Clippers están demostrando que no son un sueño de una temporada y que están dispuestos a acabar con la maldición de perdedores que les acompaña. En un inicio prometedor, la franquicia angelina se encuentra como líder del oeste. Al gran rendimiento de Paul y Griffin se ha unido la aportación de Caron Butler, Jamal Crawford, Lamar Odom y DeAndre Jordan entre otros. Además, se espera la vuelta tras su grave lesión de Chauncey Billups. Por primera vez, los Clippers están en disposición de luchar cara a cara con los mejores por el campeonato. Ya no viven a la sombra de los lujosos Lakers, ahora brillan con luz propia. Algo está cambiando en Los Angeles.

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