Twitter, camisetas y cuartos de baño


La NBA está considerada como la mejor liga del mundo. Ese prestigio se lo ha ganado gracias a una organización ejemplar y a una severa y correcta política de sanciones y normas. Ninguna cosa que ocurra en el universo NBA pasa desapercibida para el gran ojo de la liga. Ni las redes sociales como Twitter escapan de su control.

El último caso es el de Drew Gooden. El ala pívot de los Milwaukee Bucks organizó un sorteo de dos entradas para el próximo partido de su equipo contra los Chicago Bulls. Hasta aquí todo correcto. La polémica se generó cuando Drew especificó que el ganador sería el primero que le mandara una foto de una camiseta de los Bulls en el inodoro. Cabe recordar que Gooden fue jugador de Chicago, de donde parece no guardar un buen recuerdo.

Para evitar que el asunto pasara a mayores, la NBA ha anunciado que va a sancionar al jugador con una multa de entre 5.000 y 35.000 dólares por un mal uso de las redes sociales y de las entradas personales. A diferencia de otras ligas, la liga que dirige David Stern no escatima multas a sus jugadores cuando estos cometen alguna imprudencia o hacen alguna declaración malsonante. Una política ejemplar que ha colocado a la NBA como la mejor competición del mundo y un negocio bastante rentable. Cuánto tienen que aprender otras.

Esta es la foto ganadora:

En otro orden de cosas, la NBA ha hecho públicos los datos sobre las camisetas más vendidas en este año 2012. Lebron James lidera la lista por delante de Kevin Durant y de Kobe Bryant. Cabe destacar la desaparición de Jeremy Lin segundo en el ranking anterior, que lideraba Derrick Rose. El base de los Bulls ha acusado su inactividad en este aspecto y cae hasta la quinta posición. La llegada de Steve Nash y de Dwight Howard a Los Angeles Lakers ha hecho que ambos se cuelen en el top 15, donde aparece por primera vez Russell Westbrook. En cuanto a franquicias, los New York Knicks dominan por delante de Miami Heat y de Los Angeles Lakers.

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Diez años del cochinillo a Figo


22 de noviembre de 2002. El Real Madrid visitaba el Camp Nou con un hombre en el punto de mira: Luis Figo. El genial jugador portugués visitaba por segunda vez la que fue su casa tras su forzada salida al Real Madrid hacía un par de años. En su primera visita, Figo no se atrevió a sacar los saques de esquina y a jugar por la banda, algo muy habitual en él, acongojado por el ambiente hostil en las gradas. Aquel partido lo perdió por 2-0 un Real Madrid más pendiente de la grada que del campo.

Al año siguiente, Figo no pudo disputar el partido del Camp Nou al estar sancionado, lo que provocó ciertos rumores de que se había borrado del partido por miedo al ambiente. En su segunda visita, el portugués se empeñó en callar las voces que lo acusaban de borrarse y comunicó a sus compañeros y al entrenador que él se encargaría de los saques de esquina. Durante el partido, cada vez que Figo se acercaba a una banda, la tensión aumentaba y los objetos volaban desde la grada, retrasando varios segundos cada lanzamiento. En uno de ellos, llegó a volar una cabeza de cochinillo, cayendo a la espalda del jugador blanco. La imagen daría la vuelta al mundo, avergonzando al fútbol español.

La situación se hizo insostenible y Medina Cantalejo suspendió el partido durante 15 minutos para que los ánimos se calmaran. El partido se reanudó sin complicaciones y acabó con un empate a cero en un clásico para olvidar.

El presidente del FC Barcelona en aquel momento, Joan Gaspart, acusó a Figo de provocar la situación y recurrió ante la justicia ordinaria la sanción de dos partidos cerrado para el Camp Nou. La Federación cambió la norma, en otro gesto más de la gestión pésima de Villar, y el Barça no cumplió finalmente el castigo. Aunque el club culé todavía se avergüenza de la imagen, testigo de otra época que no conviene revivir.

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Algo está cambiando en Los Angeles


Sí existe en el baloncesto estadounidense una franquicia perdedora por antonomasia esa es la de Los Angeles Clippers. Desde que se mudaron de San Diego siempre han estado a la sombra de los exitosos y glamourosos Lakers, aunque bien es cierto que nunca fueron un equipo al que acompañara ni la suerte ni la fama. Desde su creación en Buffalo bajo el nombre de Braves hasta sus tiempos de hoy en Los Angeles, previo paso por San Diego, los Clippers siempre se vieron abocados a a navegar entre infortunios y decepciones.

En sus primeros años de vida, los Braves sufrieron el problema típico de los equipos recién creados: pocas victorias en una plantilla hecha con retales de otros equipos hasta que aparece en el draft una joya sobre la que crear un proyecto. Esa joya llegó en el draft de 1972 con la elección de Bob McAdoo, que rápidamente se convirtió en el líder del equipo y en unos de los mejores jugadores de la liga. Con él, los Braves entraron por primera vez en playoffs, aunque serían eliminados en primera ronda por los Celtics. Un panorama que se convirtió en habitual en las siguientes campañas. Los números de McAdoo, que llegó a ser MVP en la temporada 1974-75, crecían pero el equipo no evolucionaba con él. A mediados de la temporada 1976-77 los Braves traspasaban a su estrella a los New York Knicks, dejando un hueco en su ‘roster’ difícil de llenar. Un par de años más tarde, la escasez de público en las gradas y el poco nivel del equipo llevaron a los Braves a mudarse a San Diego.

En California, los Braves cambiaron su nombre a Clippers, por un tipo de barco muy famoso en San Diego, aunque mantuvieron su idilio con la mala suerte. Los resultados seguían sin llegar y seis años más tarde, Donald Sterling, nuevo dueño de la franquicia, decidió trasladar el equipo a su ciudad natal: Los Angeles.

La ciudad de las estrellas y de la fama es también la ciudad de los Lakers, por lo que los Clippers estaban destinados a vivir a la sombra de los de oro y púrpura.  Año tras año, decepción tras decepción, cada vez era más complicado ser fan del hermano pobre. Soñar con los playoffs era una utopía, sólo quedaba esperar que llegara otra joya en el draft.

Como hizo Bob McAdoo años antes, una joven promesa llegó para hacer crecer un proyecto sobre sus hombros. Danny Manning, vigente campeón de la NCAA con la Universidad de Kansas, era el elegido. A él se unieron Charles Smith o Ron Harper, pero todo siguió igual en LA y la diosa fortuna les volvió a dar la espalda. Las lesiones lastraron el rendimiento de sus estrellas y era prácticamente imposible verles a todos al cien por cien en la cancha. La maldición continuaba.

Cuando todo parecía ir bien, Donald Sterling decidió cambiar las piezas, traspasando a Manning, en su mejor momento, a cambio de un decadente Dominique Wilkins, que terminaba contrato. La razón principal del traspaso fue que el dueño de los Clippers se negó a darle al alero el contrato que esperaba y decidió venderlo antes para sacar algo de provecho. Un motivo muy habitual en los años siguientes.

Decepciones como Darius Miles, Michael Olowokandi o Shaun Livingston mantuvieron viva la maldición de fracasar en las elecciones del draft. Grandes promesas como Andre Miller, Lamar Odom o Quentin Richardson dejaron el equipo buscando un futuro y, sobre todo, un contrato mejor. Son sólo algunos de los ejemplos de la pésima gestión de los californianos, que en la 2005-2006 soñaron con vino y rosas. Con Elton Brand liderando al equipo junto a Corey Maggette o Cuttino Mobley entre otros, los angelinos se metieron por primera vez en segunda ronda de playoffs, algo que no ocurría desde 1976. Un sueño de una temporada del que despertaron cuando los Suns de Steve Nash les eliminaron en playoffs.

Desde esa temporada, los Clippers han vivido en el ostracismo y a la sombra, otra vez, del brillo que emiten las victorias lakers. Hasta que algo cambió y la fortuna sonrió por primera vez al pobre. La NBA vetaba el traspaso de Chris Paul a los Lakers y aceptaba días después la llegada del base a los Clippers, donde se encontraría con el joven y prometedor ala pívot Blake Griffin. Los aficionados soñaban con el juego que ambos podrían desempeñar y los resultados no tardaron en llegar y los angelinos llegaron a semifinales. La decepción de la derrota no turbó la ilusión por la siguiente temporada.

Y este año, los Clippers están demostrando que no son un sueño de una temporada y que están dispuestos a acabar con la maldición de perdedores que les acompaña. En un inicio prometedor, la franquicia angelina se encuentra como líder del oeste. Al gran rendimiento de Paul y Griffin se ha unido la aportación de Caron Butler, Jamal Crawford, Lamar Odom y DeAndre Jordan entre otros. Además, se espera la vuelta tras su grave lesión de Chauncey Billups. Por primera vez, los Clippers están en disposición de luchar cara a cara con los mejores por el campeonato. Ya no viven a la sombra de los lujosos Lakers, ahora brillan con luz propia. Algo está cambiando en Los Angeles.

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El joven que pudo reinar


Caprichoso destino, culpable de historias de leyenda y de dolientes tragedias. Un simple error, un gesto o una decisión distinta pueden desviar el camino de alguien, que sea una escalera hacia el cielo o una carretera hasta el infierno solo depende del azar.

La fatalidad convirtió el 6 de febrero de 1958 en uno de los días más negros de la historia del deporte. El Manchester United, tras eliminar al Estrella Roja de Belgrado de la Copa de Europa, hizo escala en Múnich antes de emprender el viaje final a casa. Como si estuviera escrito que la noche iba a ser trágica, una tempestad de viento y nieve arreciaba sobre el aeropuerto de Munich Riem. El capitán James Thain intentó despegar sin éxito en dos ocasiones para, en un tercer y fatídico intento, precipitar el avión en una casa cercana al aeródromo. A las 15:04 de la tarde, el vuelo 609 de la British European Airways firmaba con lágrimas negras una página para olvidar en los libros de historia.

El accidente dejó 24 muertos, siete de ellos jugadores de la plantilla, lo que supuso un duro golpe en los llamados ‘Busby Babes’. Esta generación de jugadores, comandados por Duncan Edwards y Bobby Charlton, estaba destinada a pelearle la hegemonía europea al Real Madrid y debía su nombre a Matt Busby, técnico de los diablos rojos y superviviente del accidente de Múnich. Los heridos fueron trasladados al hospital más cercano mientras la noticia del fatídico suceso llegaba a Inglaterra.  El dolor y la conmoción enmudecieron a un pueblo entero, unido bajo el rezo de sus oraciones olvidando colores y banderas. Con la llegada de nuevas informaciones, el dolor se hacía más plausible. Duncan Edwards, el príncipe del fútbol inglés, elegido para llevar a Inglaterra a lo más alto, se debatía delirante entre la vida y la muerte.

El joven Edwards nació en Dudley (Inglaterra) el 1 de octubre de 1936 y pronto tuvo que aprender la dureza de la vida. Mientras aún coleaban las consecuencias de la guerra en una Inglaterra desolada, el pequeño Duncan se enfrentó a un hecho que cambió su vida: el fallecimiento de su hermana Carole Anne de tan sólo 14 semanas de edad. La tragedia unió más si cabe a la familia. Edwards se refugió en el balón, encontrando en él un compañero fiel para olvidar las penurias.

Pronto se le vieron maneras, destacando entre chicos mayores que él. Con 15 años, se cruzó en su camino un hombre que cambiaría su vida, Bert Whalley, entrenador del United que le ofreció firmar por el equipo de Manchester. Tras dos años en las categorías inferiores, Duncan debutó en la banda izquierda contra el Cardiff City en 1953. Su calidad le hizo indispensable en los esquemas de Busby, convirtiéndose en el presente y futuro del proyecto de los diablos rojos. Con tan sólo 18 años, la selección inglesa se convirtió en su próxima parada. La mayor promesa de Inglaterra, el encargado de devolver a los creadores del juego su corona, se enfundó el uniforme de los pross contra Escocia.

Su gran partido, el que le encumbró a lo más alto, fue contra Alemania, reciente campeona del mundo, en 1956. La selección inglesa venció por 1-3 con una facilidad asombrosa tratándose del mejor equipo del momento. La actuación de Edwards hizo que la prensa alemana le catalogara como Boom bomm, por la rotundidad de sus acciones. Las esperanzas de la afición inglesa no hacían más que crecer de cara al mundial de Suecia 1958. Allí, los pross deberían recuperar el poder de un juego del que se sienten dueños pero no los mejores.

Todo se truncó el 6 de febrero en el aeródromo muniqués. En el hospital, Duncan jugaba el partido más complicado de su vida, el de la esperanza del fútbol inglés y el de millones de compatriotas que con sus plegarías imploraban un milagro. Dos semanas de lucha infatigable, tras un trasplante de riñón que su cuerpo rechazó, que aunaban momentos de lucidez y delirio. Una lucha que Edwards no pudo ganar y su llama se apagó dejando a Inglaterra en una oscuridad absoluta.

“Quizás haya sido mejor así. Los médicos me habían dicho que ya no podría jugar más si hubiera sobrevivido, y él no habría soportado eso” expresaba un amigo de la familia. Duncan vivía por y para el fútbol, esa válvula de escape que le salvó tras la muerte de su hermana. Podría jugar cada día del año si hubiera partidos suficientes, era su vida.

La noticia enmudeció a un país entero. Al funeral en su Dudley natal asistieron más de 5.000 personas. El partido después de conocerse la noticia en Old Trafford guarda uno de los momentos más impresionante de la historia del fútbol. Jamás un minuto de silencio impactó tanto, miles de almas calladas en un mudo llanto en recuerdo de los ídolos perdidos.

La perdida de Duncan Edwards fue un duro golpe para el Manchester United y para la selección inglesa, aunque a su vez sirvió como motivo de lucha, de vencer en nombre de los caídos. Años más tarde, Inglaterra se coronaría campeona del mundo en Wembley, en su casa, recuperando un trono en honor del príncipe caído.

El Manchester United se recompondría de la tragedia y en 1968, una década después, se elevaría a lo más alto conquistando la Copa de Europa, también en Wembley, con el recuerdo de los compañeros fallecidos en Múnich. Allí, Bobby Charlton alzó al cielo un trofeo dedicado para aquellos que también soñaron con ese momento. Mientras, en Dudley,  los padres de Edwards celebraban con lágrimas en los ojos un título que sentían muy suyo.

“He jugado con grandes jugadores pero con ninguno me he sentido tan inferior como con Duncan Edwards”

Sir Bobby Charlton


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1, 2, 3 Messi


No hay dos sin tres dice el dicho y Leo Messi se ha encargado de cumplirlo. El argentino ha sido coronado hoy por tercera vez consecutiva con el Balón de Oro que le acredita como mejor jugador del año 2011. El delantero culé ha superado con el 47,80% de los votos a Cristiano Ronaldo (2º con el 21,60%) y Xavi Hernández (3º con el 9,23%). Messi se convierte así en uno de los cuatro jugadores que han ganado tres veces el prestigioso premio junto a Cruyff, Van Basten y Platini, que ostenta el honor junto a Leo de haberlo hecho de manera consecutiva. Un premio que no hace nada más que engrandecer más si cabe la leyenda del genio de Rosario.

Ahora el dilema está en hasta dónde puede llegar el ’10′. Consagrado sin ninguna duda como mejor jugador del planeta, cada vez se expande más la idea de situarlo en el Olimpo de los Maradona, Pelé o Cruyff. Personalmente, es al único de estos que he visto jugar, y para mí no hay discusión: es el mejor de la historia. Hace fácil lo imposible, se inventa jugadas que ni siquiera podríamos soñar y aplasta a sus rivales con una sonrisa de chico bueno que esconde un instinto ganador imparable.

Aunque todos los éxitos de Messi sólo son sinónimos de la supremacía total del FC Barcelona en el deporte rey. Ni Messi sería tan grande fuera del Barça, ni el conjunto culé sería lo que es ahora sin Messi. Se necesitan y se alimentan mutuamente. El argentino es el engranaje que perfecciona la maquina de Guardiola.

Mención especial merece Xavi Hernández, el motor de la maquina, todo pasa por él, dándole sentido al juego. El de Terrassa no necesita balones ni botas doradas para ejercer su superioridad. Capaz de mover a un equipo como si fuera un director de orquesta, es el alma del Barça y de la selección española. Campeón de todo tiene el don de hacer mejores a todos los que le rodean. En palabras del dorado Messi: ”Tú también te lo mereces y para mí es un placer estar contigo en la cancha”.

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En busca de la garra perdida


Se acabó la segunda etapa de Gregorio Manzano al frente del Atlético de Madrid con la sensación de proyecto muerto antes de empezar. El entrenador jienense, la opción menos deseada tanto por afición como por directiva, tuvo que remar a contracorriente constantemente, sabiendo que al primer problema él estaría en el punto de mira. Con algunas dudas en lo deportivo el proyecto echó a andar con un ojo en las eliminatorias previas europeas y otro en las salidas y fichajes del club. El culebrón Agüero marcó todo el verano rojiblanco, que pese al desánimo, conformó una plantilla más completa, con grandes nombres y la idea del buen juego y el toque por bandera. Consecuencia de los éxitos del Barça es el intento de copiar la manera de jugar culé, algo imposible y que refleja lo difícil y especial del juego de los de Guardiola. Salvo algunos partidos buenos, la idea de Manzano no carburaba y a él se le veía sin capacidad de reacción.

Además surgió el tema Reyes. El utrerano no entraba en los planes de Manzano y empezó a hacer la cama al entrenador. Un asunto parecido al ocurrido entre Quique Sánchez Flores y Diego Forlán que acabó con ambos fuera de la entidad. Casualmente el mismo destino les esperaba a Manzano y a Reyes, que no han sabido manejar la situación, aparcar el orgullo y el ego a un lado y luchar juntos por el bien del club.

La salida de Manzano estaba cantada y, en un error del club, se le dejó tres partidos en el cargo sabiendo que estaba fuera. Una especie de milla verde de tres partidos, con un destino inevitable y la sombra de un hombre persiguiéndole: Diego Pablo Simeone. El ‘Cholo’ era el encargado de suplir a un Manzano que dejó como regalo una derrota en casa contra el Betis y la eliminación de la Copa del Rey a manos de un Segunda B como el Albacete. Glorioso final de un proyecto destinado a eso mismo.

Simeone y el Atlético estaban destinados a encontrarse en algún momento y ese momento, aunque no es el esperado, ha llegado. Uno de los ídolos del histórico ‘doblete’ y emblema para la afición llega con el objetivo de mejorar la situación, llevar al Atlético a Champions y, sobre todo, contagiar a los jugadores la brega que él demostró como jugador y el amor y la importancia de llevar esa camiseta. Básicamente lo que el aficionado atlético quiere. Cuándo se gana o se pierde la afición está siempre incondicional con el equipo, lo único que piden es entrega y orgullo al llevar las rayas rojas y blancas.

El método Simeone está claro: defender bien y salir a la contra. Un estilo que ha caracterizado al Atlético durante toda su historia y que se había perdido en los últimos años por la fragilidad defensiva de los equipos. Esta será la gran asignatura del argentino. Madera tiene para ello. La afición estará con él y le permitirán varios fallos, pero no por siempre. Además, la directiva le ha dado todo su apoyo, algo vital para que un proyecto funcione. Empieza el proyecto Cholo, viento en popa a toda vela y con la sensación de proyecto vivo y de futuro.

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El Atlético sella el pase en Glasgow al ritmo de Diego y Turan


Arda y Diego celebran el gol atlético Foto: Getty Images UEFA Europa League

Duelo europeo con olor a clásico, pero en horas bajas. Aquellos maravillosos setenta, dónde Celtic de Glasgow y Atlético de Madrid dejaron para el recuerdo grandes partidos y mejores imágenes. Retales de un pasado glorioso para ambos en un presente sin exigencias de grandes éxitos. Madrileños y escoceses no olvidan la semifinal de la Copa de Europa de 1974 que llevó a los rojiblancos a la final del máximo trofeo continental (la del maldito gol de Schwarzenbeck en el último suspiro). La ida de aquel partido en Escocia fue durísima y el Atlético acabó con ocho jugadores. Los escoceses se quejaron, y aún siguen haciéndolo, de la extrema dureza de los colchoneros. Casualidades del destino, esas mismas críticas llegan tras el derbi contra el Real Madrid. Que azarosa es la vida.

Llegaban ambos equipos con la necesidad imperiosa de ganar: atléticos para despejar dudas y sellar  la clasificación y escoceses para no verse fuera de la competición europea. Y así salieron los dos, con la idea de asegurar su zona defensiva. La calidad de los atléticos en la medular hizo que lentamente se fuera imponiendo su estilo y ritmo de juego, gracias a un Diego Ribas sublime durante todo el encuentro. El juego y el devenir de los rojiblancos pasa por las botas del brasileño. El partido solo tenía un rumbo: la portería de Forster, aunque los católicos asustaban a Courtois entre las habituales inseguridades atléticas. Un ida y vuelta constante que acabó con el gran gol de Arda Turan, el primero del turco con la elástica rojiblanca.
El partido se ponía de cara pero la afición escocesa recordó lo que es jugar en las islas británicas. Durante diez minutos, Celtic Park empujó a los suyos que encerraron al Atlético atrás rozando el empate. Pero como vino, se fue. Diego volvió a tomar el timón y acunó con el balón el empuje escocés para llegar al descanso.
En la reanudación ambos equipos mostraron su idea de juego. El Atlético tener el balón y buscar el segundo para matar el partido. El Celtic aguantar y esperar que el empuje final les lleve a la remontada. Manzano dio entrada a Falcao pero volvió a prescindir de Reyes, asunto delicado para el entrenador y que puede influir en su futuro. Y a punto estuvo de echarle en falta. El colombiano y Juanfran pudieron finiquitar el partido pero, bien el árbitro o bien los errores, lo evitaron.
Los últimos minutos fueron un asedio para la portería madrileña, con una grada dispuesta a llevar al gol a los suyos. El nerviosismo y las imprecisiones privaron al Atlético de la victoria en Udine y aquí se mascaba la tragedia del empate, aunque finalmente no se produjo. Quizás en otros tiempos se hubiera logrado, con la afición más entregada si cabe y un Celtic de primer nivel. Tiempos pasados de gloria, a los que el Atlético busca volver. El primer paso está dado, la clasificación europea.

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